Salvaje

Erlendil

Novato
En lo que parecía un patio había una jaula y digo parecía, porque el lugar se asemejaba más a un tiradero de chatarra que al patio de una casa; había carritos de supermercados cajas, cajones, una cómoda pudriéndose, tierra, envoltorios botellas de vidrio, de plástico.
En la jaula había un perrito callejero, era hembra, en realidad, y su aspecto era terrible; tenía la cola lastimada, cojeaba y le faltaba un pedazo de oreja. Sus ojitos miraban a través de las finas barritas de acero como si buscase la libertad. En su mirada aun había esperanza pero era muy poca.
Todos los días, en la tarde, Gabriel salía al patio, atravesando la cortina de cubría la entrada. Siempre era una sorpresa con que podía aparecer. A veces tenía un cuchillo, otras un cinturón, incluso una vez salió con un desodorante y un encendedor a modo de lanzallamas. Esta vez era un freno de mano roto, de metal.
La crueldad sin razón ponía a Devy nerviosa en cuanto veía a Gabriel. Ella se puso de pie dio vueltas en la jaula, como si quisiera irse pero no podía y se sentó con la cola entre las patas y con una tierna y triste mirada intentó apelar silenciosamente a la bondad de Gabriel. A él no le importó y abrió la jaula, mientras pegaba en los finos barrotes de metal con el freno de mano para asustarla. Devy, la perrita, salió y se alejó hasta que el paredón le impidió avanzar más. Gabriel le ordenaba ir hasta él, pero ella se mantenía en alerta, sumisa. Bajó las orejitas y hubo un leve movimiento de cola como si implorase no ser maltratada. Como si le advirtiese a Gabriel que no molestaría en nada. Una vez más la engaño chasqueando los dedos y hablando en un tono amistoso para alejarla nuevamente de una patada.
Devy se sentó en un rincón y se puso nerviosa al ver que se aproximaba Gabriel con su enorme panza al aire y desaliñado. Le pegó en el hocico y, antes que se aburra, le pegó en una pata trasera, lastimándola de verdad.
En otra ocasión, Gabriel estaba cortando algunas plantas que tenía en ese deprimente patio y al ver a Devy tranquila, acostada al sol, la llamó, empezó a molestarla, le tiraba cosas y le cortó la cola. Ella chilló y le tiró el tarascón involuntario.
Quién sabe qué pasaba por la cabeza de devy, maltratada por un hombre malo, cruel, sin poder escapar. Sus peores torturas las sufría cuando Gabriel volvía borracho. Fue cortada, quemada, golpeada y estaba esquelética, a veces pasaba días sin comer y apenas tenía agua.
Un buen día, Devy conoció a la nieta de la vecina. Cada vez que Gabriel se ausentaba, ella se asomaba para tirarle pedacitos de carne o incluso huesos, para que disfrute. Cada vez que la veía, Devy se ponía de pie, contenta movía la cola.
Un día, Devy grabó el maltrato que recibía de Gabriel y al tener pruebas, lo denunciaron y Devy encontró una familia con quienes ser feliz. Recibía mimos y nunca fue capaz de gruñir o ladrar a ningún miembro. Siempre agradecida y de esa perrita temerosa que andaba siempre con la cola entre las patas, lejos había quedado.
 
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