No hay nada que podamos hacer

La pareja caminó hasta el balcón para hablar nuevamente. Hubo silencio en la casa y los dos notaron la diferencia. Olivia encendió una vela, tomó asiento y comenzó a hablar.

—Estos cigarrillos —dijo mientras sostenía uno—son los peores. Debiste comprar los que anoté—luego metió el cigarrillo en el paquete, tomó un trago de vino, miró a Frank y repitió lo anterior—. Debiste comprar los que anoté.

Frente a ellos estaba el pueblo, oscuro, inhóspito, que dormía en un sueño popular. Aunque no se podía ver mucho desde el balcón, algunas casas sobresalían como piedras enormes en un valle, mientras que más arriba, casi rozando las montañas, estrellas que ocupaban todo el cielo.

Frank se sentó, suspiró entrecortadamente y cerró los ojos.

—Sí, es mi culpa —dijo. Tomó una copa. Alterado, miró a Olivia y dijo—: ¡Pero es tu culpa que estemos en este pueblo de mierda!
—No comiences.
—Tú comenzaste. No lo niegues: tú comienzas y luego soy yo.
—Yo comienzo, está bien. Pero te dije haz esto y esto, ¿y con qué vienes? ¡Con esto y lo otro! A veces me cuesta entender cómo piensas. Ya no se te pueden pedir favores.

Que Frank se alterara era lo normal. Hablar de esta manera era tan habitual en ellos como una costumbre familiar. Frank volvió a servirse un trago. Suspiró. A todas estas, lo mejor que podía suceder era que tomara más vino y se calmara.

—Las tiendas —dijo Frank—no quieren abrir. Nadie se digna en abrir.
—Entonces debiste ir a la plaza; nunca cierran y siempre se consigue de todo.
—No soy tan tonto como crees. Pregunté y me dijeron lo mismo: cerrado.
—Entonces no hay nada que podamos hacer.

Los dos se callaron y miraron al pueblo, a sus calles oscuras y solitarias. Hubo silencio otra vez. Olivia tomó otro trago de vino. Frank estiró las piernas y bostezó largamente. Luego se levantó, dejó la copa en la mesa, caminó hasta la baranda, recostó los brazos y miró profundamente hacia algún punto. «No hay nada que podamos hacer», pensó Frank apretando con fuerza sus manos. Llevaban diez años. Diez años viviendo en la misma casa, en el mismo pueblo; diez años escuchando lo que el uno le tenía que decir al otro y esperar a que las palabras acabaran en nada. Así vivían y, sin embargo, el pueblo los escuchaba todas las noches. Sus peleas, sus tontos desacuerdos, el pueblo lo sabía. La noche era solo para hablar y compartir, también lo sabía. La noche estaba para que ellos fueran escuchados. Lo sabían. Estaban allí, en medio de la noche, esperando que alguien se levantara y los mandara a callar. Lo sabían.

—Cada vez que venimos aquí, Olivia, sucede algo, y no sabemos realmente qué es. A veces pienso en ello. Mucho.
—También me pasa lo mismo. Cuando no estamos aquí, a esta hora, me siento extraña y pienso en ello —Olivia se levantó y empezó a caminar hacia la baranda. Se colocó a un lado de Frank. Su cara era la de una mujer entregada a los pensamientos. Existían cosas que jamás tendrían explicación. —. De todas formas, no tengo ganas de dormir.

Pasaron el rato observando las casas, sus fachadas antiguas, y las estrellas más arriba que ellos. De pronto Frank señaló la botella de vino.

—Se está acabando —dijo.
—Lo sé.

Luego Olivia miró a Frank; Frank hizo lo mismo. Se miraron intensamente hasta que rieron. Faltaban detalles, los faltaban. Faltaban explicaciones, las faltaban. Nadie se oponía a los hechos, a las ausencias inexplicables. Solo ellos eran capaces de entender lo que el uno impulsaba en el otro. A cambio tenían una botella de vino casi vacía, y una pequeña vela para iluminar sus sombras entrelazadas en la oscuridad de un balcón.
 
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