El suceso

Paleta de carne

Escribano
Intentaba conseguir hacer pasar el tiempo, cosa imposible, pues cada que miraba el reloj, todo parecía avanzar más lento. Esperaba sentado en la silla de mi escritorio, luego sentí comezón en uno de mis orificios nasales. Usé las yemas de mis dedos para aliviar la incomodidad, pero sentí una masa viscosa tintinear en las orillas del orificio, y aunque siempre tengo a la mano pañuelos, decidí ponerme manos a la obra. Al ingresar hasta el fondo el meñique izquierdo para examinar el área, noté que aquel moco escurridizo corría desde el techo nasal, donde se encontraba una versión de él hecha una costra pegada ya al cartílago. Antes de hacer cualquier cosa, me levanté y cerré la puerta de la habitación; quiero decir, este tipo de cosas se disfrutan en privado.

A medida que palpaba a manera de examinar, sentía que la forma de éste moco era compleja, una meseta levemente inclinada podía sentirse, al lado, una vegetación de bellos atascados y mocos cristalizados, todo esto, con un gran pico que, al tocarlo, dolía un poco; parecía que era el centro, la cúspide de todo ese paisaje. Me di cuenta de lo pegado que estaba a mis bellos nasales y piel. Me considero un hombre paciente y persistente, no cualquier risco me desanimaría a seguir, entonces concentré mi atención en las orillas suaves y cambiantes, como una tarde de oleajes tibios en la playa.

¡Plop!

Luego de unos instantes de tensión e irritación, el moco sale libre, la costra está completa y solo deja en su partida un residuo de mucosidad líquida, escurridiza y pequeña, que alcanza a aliviar el ardor que dejó el despegar aquella montaña que sostengo con mi mano. Su extensión es aún más pequeña de la que esperaba, aunque su forma es cercana a la que tenía en mente… supongo. Bueno, el imaginarme su forma, tal como un islote riscoso muy parecido al páramo del señor de las moscas, es parte de mi imaginación indomable.

Lo veo en la comodidad de mi soledad, diferentes tonos vedárseos y vaya, hasta tintes negros que pudieron ser sangre en cierto punto. Ahora me siento aliviado, no sabía que aquel moco daba tanta incomodidad allí incrustado, siento ahora que no pudiera vivir tranquilo con algo así de nuevo dentro mío. El tiempo necesario ha pasado, yo me retiro de mi habitación listo para salir de casa, intentaba pensar en algo que escribir cuando regresase por la noche, parece que hoy no hubo suerte.

Me retiro de casa, he dejado a ese corto, pero querido antagonista en el cesto de la basura, descansando por la eternidad entre papel higiénico, compartiendo espacio en un basurero con alguna lata de refresco, o quizá alguna revista vieja de perfumes.
 
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