Ciudad inmunda (relato)

Iramesoj

Escribano
CIUDAD INMUNDA

Caída la noche, y envuelta la ciudad en el oscuro manto del firmamento, Amalia comenzaba a vestirse con su ropa de ratera, un traje negro y ceñido que facilitaba tanto la capacidad de movimiento como el no ser detectada. Tras recogerse el pelo en una cola de caballo, se cubrió la cabeza con un pasamontañas, cuya parte trasera tenía un agujero para su coleta. La noche era suya, debía conseguir un buen botín. La víctima estaba seleccionada: robaría en casa del señor Rolad, un adinerado mercader. Con tan solo seleccionar los utensilios necesarios para ese trabajo, estaba todo hecho. Su marido había muerto recientemente —ella había dicho que de una disentería, y era lo que sus conocidos creían, pero nada más lejos de la realidad—, por lo que podía prepararse para robar sin tener que ocultarlo, lo que le libraba de la molestia que supone hacer las cosas a escondidas. Cada vez que Amalia pensaba en las ventajas que le otorgaba la viudedad, esbozaba una leve sonrisa.

Al cabo de poco rato, Amalia se encontraba en los tejados de los edificios más altos. Nadie la había visto subir. «Algún día podré comprar a los soldados y harán la vista gorda si me ven», pensó. Pero ese día aún no había llegado. Caminando por los tejados con el máximo sigilo llegó al opulento caserón del señor Rolad, custodiado por dos mercenarios, ya que las autoridades eran fácilmente compradas por los miembros más ricos del hampa. Dos matones que podrían noquear a Amalia de un puñetazo, pero la astucia siempre vence a la fuerza, y a los pocos segundos de ser vistos por la ratera, cayeron bajo el veneno de su cerbatana.

Con la máxima rapidez posible, bajó al suelo de un salto, y abrió la puerta de la mansión con su ganzúa, introduciendo los cadáveres en el interior para que no fueran vistos —esta era la parte más odiosa de sus robos, ¿Por qué los muertos tenían que pesar tanto?—. Ahora tan solo era cuestión de llevarse los objetos de más valor y evitar problemas. Caminando con sigilo, fue abriendo los cajones, pero no encontraba nada de valor, sino libros viejos, la mayoría de ellos de cuentas. Abriendo las puertas, acabó llegando a una habitación con una cama de matrimonio, en la que el señor Rolad dormía con su señora. En cuestión de segundos, el matrimonio se encontraba atado de pies y manos. El sueño y el miedo les habían impedido reaccionar cuando ella los atacó.

—¡Por favor, no les hagas nada a los niños! —suplicó la mujer.
—No lo haré si me decís dónde puedo llevarme objetos de valor.
—Claro, desátame los pies al menos, y te guiaré. Pero todo en silencio, no quiero asustar a los niños.
—Tranquila, los niños dormirán toda la noche. Para asegurarme de ello amordazaré a tu marido. De paso, me quedaré más tranquila.
—No, por favor —pidió aquel hombre—. No diré nada, lo prommmmmf... ¡Mmmmmf!
—Lo siento, no me fío —comentó Amalia riendo mientras terminaba de anudarle la mordaza—. Vamos, anciana, a ver esas riquezas —ordenó mientras desataba los pies a la esposa.

La señora guio a Amalia a una habitación con un mueble lleno de cajones. Abrió uno donde había numerosas joyas, que la ratera fue metiendo en el saco. Después, continuó robando dinero en metálico. Cuando tenía el saco lleno, decidió que ya era suficiente.

—Gracias, anciana. Ahora a seguir durmiendo —dijo antes de golpearla en la sien, y dejar su cuerpo inconsciente en el suelo, con sumo cuidado para que no hiciera ruido al caer.

Miró por el ojo de la cerradura, y una vez estuvo segura de que no la verían al salir, abandonó la casa y volvió a subir a los tejados, desde donde llegó a su hogar. Una vez dentró, abrió el saco del botín y lo depositó sobre la mesa: collares de perlas, pendientes, pulseras y anillos de oro, una enorme cantidad de billetes... había sido una jugada redonda.

—Algún día seré muy rica, y podré hacerme con el poder de esta ciudad. Soy joven, astuta y estoy buena... tengo todo para triunfar.

***

Pocos años después, Amalia había logrado aquel objetivo que comenzó como una ambición juvenil. Con las ganancias de sus hurtos, sus habilidades sociales y sus dotes de seducción, logró hacer su imperio dentro de una ciudad sin ley. Aquella mañana, como cualquier otra, se despertaba en su lujosa mansión. Nada más levantarse, abrió su armario, lleno de los vestidos más elegantes y caros que puedan existir.

—Hummm... ¿Cuál me pongo hoy? Por variar un poco, me pondré el verde esmeralda.

Tras elegirlo, seleccionó unos zapatos de tacón de aguja que hacían juego con el vestido, se colocó unos pendientes, un collar de plata fina y, tras peinar su cuidada melena, bajó las escaleras para ir al comedor.

—Señorita, ya tiene listo el desayuno —le informó la criada.
—Llama a Iano y a Marc —dijo, sin ni siquiera darle las gracias.
—Lo que usted mande, señorita.

La criada salió lo más rápido que pudo, y a los pocos minutos, aquellos dos hombres se hallaban ante ella. Ella pagaba a numerosos sicarios para que la protegieran, tanto a ella como a su casa y jardín, pero esos dos eran sus favoritos. Corpulentos como armarios y de pocas palabras, eran como dos perros guardianes.

—Hoy me toca «trabajar», así que os necesito a mi lado. Mientras tanto, podéis sentaros y desayunar.

***

Al cabo de un rato, Amalia se encontraba paseando flanqueada por sus dos escoltas. Los transehuntes la miraban con odio, miedo y admiración. Ella era consciente de despertar esas emociones y le provocaba una sensación de superioridad que resultaba adictiva y embriagadora. Sonreía y apartaba con estilo la melena de su rostro. Al cabo de un rato, llegaron a una tienda de cerámicas, artículos de hierro y algunos utensilios de otro tipo. Al tendero, al ver a Amalia con dos dos guardaespaldas, le cambió la cara por completo.

—Hola, honrado comerciante. ¿Has decidido ya pagarme para que mis hombres te protejan? Sería una pena que alguien te destrozara el negocio, pues hay cada salvaje...
—No me dejaré extorsionar, Amalia. Todo el mundo te paga, pero yo tengo dignidad, y no me arrodillo ante nadie.
—Ya veo —contestó ella con una risa suave, tapando su boca con las yemas de sus dedos—. Vámonos chicos, es evidente que este hombre sufrirá un desafortunado accidente, si no cambia de parecer.

Amalia salió de aquel establecimiento con una idea en la cabeza: tenía que mandar a sus hombres destrozar aquella tienda. Sin embargo, antes debía volver para ver si algún jarrón podía decorar su salón. Pero ya lo miraría en otro momento, ahora había que pasar por varias tiendas y puestos de mercados para recaudar el dinero de la «protección». Decidió ir a pedirle la cuota al señor Rolad, del que siempre se reía porque tenía muy buen recuerdo del robo que había cometido en su casa hacía algunos años. Ahora, él pagaba religiosamente por la «protección» de los hombres de Amalia, por miedo a que su familia sufriera las consecuencias. De camino, un viejo profeta, vestido con restos de sacos andrajosos y caracterizado por una barba descuidada, la interpeló ante todos los presentes.

—¡Amalia! ¡Ay de ti, ladrona! ¡Ay de tí, que abusas de quien se encuentra en desventaja! ¡Ay de ti, fornicadora, que usas tu cuerpo como moneda de cambio para ganarte los favores de hombres corruptos!

Iano hizo un gesto de ir a golpearle, pero Amalia lo contuvo. Aquel hombre era inofensivo, y era divertido verle hacer el ridículo. El profeta continuó hablando.

—¡Amalia, eres mujer de gran belleza exterior, pero por dentro no eres más que podredumbre e inmundicia! ¡En los excrementos que salen de mi cuerpo hay más belleza que en tu alma!

Iano miraba dubitativo a Amalia, que no daba en ningún momento la orden de atacar al viejo que no paraba de gritar.

—¡Tu poder caerá, Amalia! ¡Alardeas de que aquí no nace un mosquito sin que te enteres, pero un día entrará aquí tu antítesis! ¡En verdad te digo, que a esta ciudad llegará una heroína noble y virtuosa! ¡Gracias a ella caerá tu repugnante imperio, construido en base a la inmoralidad!

En ese momento, Amalia comenzó a reirse a carcajadas.

—¡Tú sueñas, viejo chocho! ¿Cómo voy a perder lo que tengo por culpa de una sola persona?
—¡Es tan cierto lo que digo como que al cabo de un rato, provocarás que el ejército se quede sin arqueros. ¡Y será a causa de tu debilidad!

Aquel hombre estaba loco. Lo que acababa de decir era un auténtico disparate. ¿Cómo la debilidad hace que se pueda acabar con parte de un ejército? Solo con lo contrario, es decir, con la fuerza, se puede lograr algo así. Ya se había cansado de tonterías.

—¡Toma, vagabundo! —dijo tirándole una moneda—. ¡Gracias por el espectáculo!

Continuó caminando junto a sus escoltas para seguir recaudando dinero, aunque empezó a agobiarse por un repentino aumento de la temperatura, pero decidió hacer caso omiso. En uno de los puestos del mercado encontró a un artesano que hacía juguetes para niños, tan bien tallados que llamaban la atención. Sobre su mesa, se podían ver lanceros, ballesteros, arqueros, caballeros, espadachines, catapultas... todo muy fina y cuidadosamente elaborado. Un trabajo digno de admiración. Amalia estaba acostumbrada a ver lo que hacía ese comerciante, pero nunca dejaba de sorprenderle su talento y siempre se quedaba embobada mirando su trabajo. De repente, el calor provocado por el sol, unido al tumulto de personas en el mercado, le jugaron una mala pasada. El mareo hizo que perdiera el equilibrio, cercana a sufrir un desmayo. Cuando las piernas dejaron de sostenerla, cayó de bruces contra la mesa del artesano, y al final, su espalda se estampó contra el suelo, notando como algunas de las figuras que habían caído se clavaban sobre su espalda, crujiendo ante el peso de ella.

—¡No, los arqueros! ¡Con lo que cuesta tallarlos, y me los acaba de romper todos!

Amalia cayó en la cuenta: los arqueros se rompieron por causa de su debilidad, tal como el profeta predijo. Pese a todo, estuvo segura de que era una casualidad. Era imposible que ese loco acertara.
 

Erlendil

Novato
Me hizo pensar: ´cómo puede una persona mantener la riqueza sin tener conocimientos de educación financiera? Quién obtiene dinero rápido, lo gasta rápido.
 

Iramesoj

Escribano
No estoy seguro de lo que dices (no lo había pensado), pero en cualquier caso, te has tomado el interés de leerme, y de analizar la historia. Te lo agradezco mucho y meditaré sobre la pega que me has puesto :)
 

Erlendil

Novato
Sí, generalmente pasa que, quién recibe dinero rápido, lo gasta rápido. Si una persona gana la lotería, por ejemplo, piensan en hacer un viaje, comprar un vehículo, arreglar la casa. Todo eso son gastos, entonces, en algún momento el dinero se acaba. Si lo invirtiesen, se multiplicaría.
 
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