¿Es el reproche un hobby femenino?

Heisenberg

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¿Es el reproche un hobby femenino?

Un amigo va a recoger a una señora a la puerta de su domicilio un sábado a las nueve en punto después de cruzar media Barcelona. Como se conoce –es impuntual de nacimiento–, prefiere no parar a repostar gasolina y opta por aparcar cinco minutos antes de la hora convenida para la primera cita. La última.

La mujer baja de su domicilio con casi diez minutos de retraso –cosa que mi amigo considera lo más normal del mundo–, toma asiento y pide que ponga el aire acondicionado más fuerte.

Se dirigen al Tritón, en cuyo jardín ha reservado mesa.

–Si tiene jardín es romántico...

O sea, llevaba la ropa impoluta y con fines ulteriores.

–Primero de todo, paro un minuto a poner gasolina.
–Uy, tú eres de los dejados. ¡Mira que has tenido tiempo todo el día para poner gasolina!

A los 25 años, mi amigo se habría excusado por semejante despiste. Pasados los 50, dio medio vuelta y anuló ipso facto la cita sabatina.

–Si a las primeras de cambio ya te cae un reproche...

Mi amigo es empresario, yo no.
Yo habría sostenido la conversación pero desprovista ya de todo objetivo, abandonada toda ilusión.
Tengo amigas que se quejan de que, a partir de cierta edad, escasean los aspirantes al título mundial de los pesos wélter, categoría en la que ni tienen el mal de san Vito como los moscas ni pegan los sopapos de los pesos pesados.
Procuro armar sociológicamente la respuesta...

Los hombres nos pasamos el primer tramo de la vida dispuestos a tragar carros y carretas con tal de –seamos claros– tener sexo con una mujer estupenda. Digo yo que las leyes del mercado hacen que las mujeres se pasen tan dilatado periodo fijando las condiciones, entre las que figura el derecho a reprochar cosas al aspirante al título, convencidas de que así mejorará su pegada o su juego de piernas.

El aspirante, sediento de gloria, encaja la lluvia de golpes, convencido de que en el último round se sacará un lucky punch y a ganar fama y combates por KO en el Madison (o el polideportivo de Torrelodones).

El tiempo pasa y el púgil aprende que en el boxeo es mejor dar que recibir, lo que le lleva a rehuir los intercambios de golpes. Ya no cambia sexo por lo que lo sea, ganchos o reproches.

Hay mujeres que, en cambio, no se adaptan y actúan como a los 25 años, convencidas de que pueden cambiar al que no ha puesto gasolina antes de la cita a base de soltarle un golpe en frío, sin tener en cuenta que la pegada se debilita con el tiempo y al final, sobre el ring, hay dos sombras que en lugar de boxear a calzón quitado sólo hacen que esquivarse mientras la afición del Gran Price se cachondea:

–¡Que se besen! ¡Que se besen!

Lo malo es que en este combate ni se besan ni se dan la revancha.


 
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